Disfrute Cervecero

Domingos sagrados: amigos, fútbol y birras

Por: Mariana Bellorín Aguilera

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Ya lo dijo Eduardo Galeano, “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Y son, precisamente, los domingos esos días llamados a ser sagrados, los días de entregarse a una de las más desenfrenadas pasiones, una llena de rituales, de simbología y mística. Dios es el balón y a su alrededor rondan apóstoles, santos y evangelizadores encargados de sellar milagros, mientras la fanaticada renueva la fe en la justicia sagrada que se dicta en el engramado.

Cada domingo hay una cita a la que no se puede renunciar, ya sea en las gradas o en el sofá, en casa propia o ajena, cada domingo cuenta para esta eterna celebración; momentos de gala, momentos estelares en los que se escribe la historia de héroes sin capa, esos que solo visten camisetas con el escudo del club de nuestros amores justo encima del corazón.

“¡Traigan hielo y las cervezas que nosotros ponemos la comida”, es el acuerdo más común que suelta el anfitrión dominical. Entre tanta pasión, llenar la mesa de comida es una fija. Y con el paso de los años hay platos que pasan a ser el invitado obligado de la jornada. “¡Este domingo hacemos choripanes!”.

Los comentarios en la antesala son el rumor de fondo para una conversación que se va entre las novedades en la alineación o en el mercado y las apuestas por el resultado del partido que está por empezar. “¡Una ronda de Solera Light para empezar!” Y la tertulia comienza a ser un duelo de números, hitos, memorias, rivalidades… Siempre habrá alguno que quiera hacer de su salmo un Sermón y de su palabra la Verdad.

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Al tiempo que los carbones se encienden, la segunda ronda de botellas comienza a pasar de mano en mano. Los equipos saltan al terreno y los árbitros ajustan sus relojes para dar el pitazo inicial.

Una vez rodado el balón, comenzamos a mutar de piel, de personaje, de humor… Somos hinchas que entonan cánticos para celebrar, alistamos nuestras capacidades tácticas para anticiparnos a los cambios que deberían hacerse en la plantilla para la segunda mitad, repasamos de la A a la Z el reglamento cuando una sentencia es dictada en contra de los nuestros, juramos que de estar en cancha podríamos haber completado esa pared que vaticinaba un gol de lujo. Somos la camiseta al revés, la ropa interior de la suerte, el golpe en la mesa, el saludo “especial” al compañero de barra. Somos gritos y energía, somos llanto y emoción, somos las manos que hacen señales desesperadas hacia la ruta que creemos correcta para alcanzar el área contraria.

El olor de la parrilla inunda el patio cuando los primeros 45 minutos han expirado, es el momento de poner los chorizos a cocinar y poner a salivar a más de uno, de preparar la mesa del “cada quien se sirve lo que quiera” y recargar las cervezas. ¿Cuál es nuestra versión clásica para el domingo? Panes canillas a la mitad, chorizos de ajo, papitas, ensalada rallada, queso y una cantidad descomunal de salsas. Alguno le agregará aguacate, o quizás alguna rodaja de tomate.

El tiempo del banquete es en el intermedio, justo antes de comenzar la segunda mitad de nuestra historia. La destreza en la preparación y en acertar la justa inclinación al momento de morder para evitar cualquier desastre es un aprendizaje adquirido enteramente con la práctica.

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Es posible que no falte un osado que llevará aún la mitad de su plato al sofá, sabiendo el riesgo de terminar empapado de salsas en medio de una celebración o una airada protesta.

Como si de un ensayo teatral se tratara, la escena vuelve a repetirse. Los gritos, las indicaciones, las celebraciones, las cábalas, una ronda de cervezas. Tres silbatazos anuncian el final de la odisea. Un empate pareciera ser la opción más justa para evitar complicar cualquier amistad (o relación), al menos por lo que resta de fin de semana. La mayoría de las veces solo hay dos caras: Los que chocan su última cerveza como oda a la batalla conquistada, los otros saborean cada trago en un intento desesperado de buscar razones y argumentos en cada burbuja que le aseguren que la próxima jornada todo irá mejor.

Se baja el telón y se termina la ceremonia. Algunos dicen que el fútbol es solo un juego pero, como sentenció Javier Marías, “para el niño no hay cosa más seria que el juego”. El fútbol es la recuperación de nuestra infancia, es jugar y sufrir, es duplicar nuestra dosis de optimismo, es una oportunidad de darle vacaciones a la “adultez” y darle un chance a la magia junto a esos amigos, por qué no hermanos, con los que decidimos evocar los sentimientos más profundos por unos colores, podemos parafrasear al mexicano Juan Villoro, otro feligrés de los 90 minutos.

 

Fotos: Mariana Bellorín

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