Disfrute Cervecero

La experiencia del Oktoberfest Polar

Por: Alexis Correia

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Te puede pasar en un Oktoberfest: pruebas un poco de la cerveza tipo IPA (6% de alcohol) exclusiva de Polar para el festival y después de unos segundos te asustas porque se te está moviendo el piso como en un ferri a Margarita, pero también descubres que estás sonriendo a desconocidos (tenías tiempo sin hacerlo) y que basta un bretzel (especie de pan canilla alemán) y unos cuantos sorbos de agua para recuperar la estabilidad.

Qué puede pasar en un Oktoberfest

Te puede pasar en un Oktoberfest: te pones a ver las danzas folclóricas alemanas que se preservan en la Colonia Tovar, aparentemente bastante más sencillas que una coreografía de Beyoncé, y te sorprende que se parezcan tanto a las de otras colonias de inmigrantes europeos, por ejemplo los de la isla portuguesa Madeira, lo que tiene sentido por las raíces celtas regadas en todo el viejo continente (la cerveza, al menos en Europa, es un invento de los mal llamados pueblos bárbaros).

Baile típico alemán en el Oktoberfest

Te puede pasar en un Oktoberfest: ves a uno de los periodistas que más admiras, y que probablemente siempre te dará una paliza en cuanto a número de visitas obtenidas por sus links, montado en plena tarima y ganando un concurso de quién vacía más rápido la jarra.

Ganador concursos Oktoberfest

Te puede pasar en un Oktoberfest: por primera vez en tu vida, y casi sin darte cuenta, estás en plena “olla” para ver tocar en primera fila a una de tus bandas favoritas, Gaélica, también de resonancias célticas, y hasta puedes notar la “chuleta” que pega el guitarrista en el piso para que no se le olviden algunas de las letras de los coros.

Gaélica en el Oktoberfest Polar

Las bebidas son estados de ánimo. El vino es placidez, pero la cerveza es la gemela de la alegría. Nadie puede sentirse triste en un Oktoberfest. Todo comenzó hace 206 años, más o menos en la época en que Venezuela se proclamó una nación independiente, para festejar una boda real en Múnich.

Con el galopar del siglo derivó en glorificación del producto industrial más popular de Baviera: la cerveza.

Se calcula que, con lo que se bebió en la edición alemana de 2015, se hubieran llenado tres piscinas olímpicas rubias. La fiesta del comienzo de otoño boreal contagia tanto en su universalidad (su espíritu es báquico y desenfrenado, pero también familiar y amigable) que empezó a tener réplicas telúricas en otras partes del mundo. El Oktoberfest Polar 2016, una de las versiones venezolanas, se celebró durante dos días (sábado 8 y domingo 9 de octubre) bajo una gran carpa de lona en el CCCT de Caracas. Acudieron más de 5.000 personas: con lipa o abdomen plano, jóvenes o no tanto, ahorrativos y espléndidos, abstemios acuartelados la Polar Zero y consumados de las Soleras. Brindaron, bebieron de manera responsable, comieron. Se alegraron.

En la entrada te podía recibir una auténtica valquiria como salida de una ópera de Wagner, aunque con un tatuaje de un ancla en la nuca, que te sonaba el acordeón de una dentadura perfecta: “¡Tiene derecho a un trago de cortesía!”.

Hay que aprender de los que más saben: aunque el venezolano no es tan tempranero, los cánones del Oktoberfest muniqués dictan que hay que aprovechar el día, y a las 12:00 del meridiano del sábado ya estaban el embajador de Alemania, Stefan Herzberg, y la directora de negocio de Cervecería Polar, Marisa Guinand, destapando el barril inaugural.

Oktoberfest Polar sabe a cerveza, claro, pero también a cultura y memoria.

Es el recordatorio de que, aunque pocos en este país hablemos la lengua de Goethe, la cebada y el maíz están más cerca de lo que muchos suponen. Lugares como Maracaibo o El Tocuyo fueron fundados por alemanes. Humboldt formalizó el amor por la ciencia en esta región equinoccial y hasta dio un grito, junto a Bonpland, de libertad de preferencias sexuales. Dos hijas de alemanes, Ursula Selle y Gerda Muller, defendieron el tricolor como las primeras atletas olímpicas criollas en 1952. Oktoberfest Polar compartió el pequeño milagro de diversidad que comenzó cuando, en 1841, cerca de 400 inmigrantes, en su mayoría provenientes de  Kaiserstuhl, se asentaron en un valle de montaña en Aragua, donde han preservado su identidad y sus tirantes de cuero durante casi dos siglos. En el CCCT cambiaron de mano sus bretzels salpicados de sal gruesa, sus strudels rellenos de mermelada, sus rodillas de cerdo horneadas, su fetichismo salchichesco. Su amor por lo bien hechecito.

Hace ya bastantes años, un programa de TV alemán de concursos era uno de los más populares aquí: Telematch. A eso se jugó también en Oktoberfest Polar: los dos sexos en santa igualdad, unidos para cooperar y serruchar troncos, y también para bailar, tomar y festejar. Como dice la letra de Gaélica: “Voy siguiendo la brújula que llevo dentro, voy siguiendo, una sola dirección”: la carpa de la alegría. Octubre será un nuevo mes para esperar.

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